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¿Quieres participar en el videoclip de esta canción? Este sábado 5 de noviembre se grabará este videoclip y necesitamos la participación de 20 personas bailando y cantando esta canción de Corazón Attack frente a la cámara. La grabación será entre as 4 pm y las 7:30 pm en Las Puentes y en Hacienda los Morales. Si estás interesado ponte en contacto para más detalles en este blog y en twitter con @Pepyo.
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Anonyme a demandé: eh?
eh qué..?? ps dime quién eres..??
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Anonyme a demandé: oye tuu, te amo chiki
mmm…perdón no sé quien seas :P pero es raro, tmb siento que te amo chikii… :D
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Con colaboración de Ian de León y Anakaren Arzola.
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Limbo
De pronto empiezo a recuperar consciencia y me doy por enterado (apenas), de que me encuentro situado bajo un árbol, a la orilla de un río que no conozco. Es un árbol de los que llaman “típicos de la región”, pero la verdad que no sabría mencionar su especie. O su raza. ¡Qué importa! eso solo es relevante para aquellos que se empeñan en envanecerse ante la sociedad con posturas copiadas a Lennon o drogos similares.
El caso es que no sé como he llegado hasta acá. Vaya, ni siquiera se dónde estoy pero, a juzgar por el árbol, sigo en algún lugar cercano a mi Nuevo León natal. En algún momento debí gozar de la suficiente lucidez de una persona normal, dado que tengo la ropa apropiada para la situación en la que me encuentro.
Es de noche y la brisa alcanza a refrescar mi cara, acariciándola con ciertos arranques de brusquedad, aunque no con la suficiente como para hacerme sufrir el frío propio de la ausencia de una fogata en tal situación geográfica y temporal (y eso se lo adjudico a la lucidez de vestir las botas del jale, pantalón de mezclilla y mi chaqueta de piel negra). Gracias a Dios tengo un paquete de cigarros casi nuevo. Debí comprarlo en el camino pues, a vista de buen cubero, solo faltan tres para que esté completo. Enciendo un cerillo, y con él, uno de los mencionados cigarros. Lo fumo despacio mientras trato de recuperar un poco de mi memoria y descubrir en dónde estoy y como he llegado aquí. Escucho como el viento mueve los arbustos y como las ramas de los árboles chocan entre si. Es bastante relajante.
La Luna se deforma en la móvil imitación que le hace el río. Éste tiene también su propio ritmo y su propia música. Tiene mayor velocidad que el aire, pero es monótono. Termino de fumar mi cigarrillo y lo lanzo al río, desapareciendo momentáneamente el reflejo de la Luna menguante. Veo como la corriente se lleva la colilla en un sube y baja de agua que parece fría, golpeándola de vez en vez contra la redondez de sus piedras, aunque con una delicadeza que, junto con la música de viento, arbustos y agua corriente, empieza a adormecerme. Pero dormirme significaría una pérdida de tiempo. Yo lo que quiero es volver a casa, así que me pongo en pie y camino junto al río, siguiendo la corriente. No sé si sea la mejor idea que pude tener, pero fue una idea y al menos la estoy poniendo en marcha.
El río (que no es muy ancho ni caudaloso) va zigzagueante y con él yo, que lo sigo tranquilo y sin alejarle mucho la mirada. Me detengo y me inclino sobre él para lavarme la cara. Contengo la respiración y sumerjo la cabeza entera en el agua helada. La mantengo ahí dentro tanto como mis dañados pulmones me lo permiten. Aunque fría, la sensación del agua en mi cara y meciendo mis cabellos es también bastante relajante. Saco al fin mi cara del agua y me veo al espejo. Apoyo mis manos en el borde del lavabo viejo y amarillento. Mis ojos están enrojecidos y de mi cara aún escurre y gotea agua de aquella relajante inmersión. Mi torso está descubierto. En mi hombro izquierdo luce viejo y descuidado el tatuaje que me hice en honor a mi madre. “Lupita” dice. Nunca he podido evitar la mezcla de sentimientos que me provoca el verlo y recordar a mi madre. ¡Como me quería mi madrecita santa! Era la única que me entendía. Y lo único que tenía en este mundo tan lleno de mierda. Pobrecita de mi madre, no se merecía sufrir tanto esta vida. Pero lleva ya como 10 años que se fue al cielo. O 12. Ya ni recuerdo. A mí la verdad que me parecen 100. Salgo del cuarto y, vistiendo solo un pantalón de mezclilla bastante desgastado, salgo a la calle. Pasa un dañadísimo camión vendiendo chopos y un montón de niños corriendo atrás de él. Y ahí va el viejo, sonriendo mientras maneja y ve por los retrovisores a los niños siguiéndolo. Y sonando esa musiquita que siempre me pareció tan tétrica. Camino descalzo en dirección contraria al camión. El piso está tibio. El Sol apenas alcanza a calentarlo y deja una sensación tan agradable. Como un masaje del que las piedritas que siempre están regadas por la calle son las brillantes ejecutoras. Doy vuelta en la esquina y me queda de frente el Sol crepuscular, urgido de esconderse tras el cerro infatigable. Gallardo. Y empiezo a escalarlo. Despacio. Disfrutando cada sensación. Las piedras en mis pies. En mis manos. La tierra mezclándose con mi sudor. Con mi gloria. Pareciese que el cerro es cada vez más grande y que cada vez me faltara más por escalar. De vez en cuando alguno de mis pies resbala ligeramente y escucho como las piedritas y la tierra que se desprenden caen rodando.
Y así, en lo alto, disfruto de un maravilloso paisaje. La ciudad es tan diminuta. Es una manchita deforme y fea. Gris. Dura y sin pasión. Fría. Y así, volando, paso por encima de ella. Tratando de comprenderla y de que me comprenda. Y subo y bajo por el aire. Dejándome llevar por las corrientes. A veces frías, que bajan. A veces tibias, que suben. Cierro los ojos y me dejo llevar. Y en mi goce no me percato de la cercanía de los aviones y su intolerable zumbido. Hasta que siento una mano en mi cara. Un viejito que piensa que me quedé dormido e intenta despertarme, pero la sensación de volar es tan maravillosa que intento ignorarlo. Y digo intento porque no lo logro. Empieza a gritarme, a estrujarme la cara con su mano. No entiendo lo que dice pero empiezo a escuchar más voces y sirenas de ambulancias aproximándose. Siento mi cuerpo empapado de sudor. Y siento como el viejo me carga y me lanza sobre un montón de piedras redondas. Escucho pisadas que se acercan apresuradas y gente gritando. Me empieza a faltar el aire. Trato de gritarles que me dejen pero no puedo. Las imágenes en mi mente se me empiezan a desaparecer. Todo en mi cabeza se me esfuma, se me empieza a apagar el Sol. Y no encuentro la Luna por ningún lugar.
Es una oscuridad terrible. Una desesperación terrible. No poder respirar, no poder gritar, y ahora no poder moverme. Siento como me empiezan a golpear el pecho. Escucho ahora la voz de mi hija. Los gritos de mi hija. Grita ¡No! Grita ¡Ya! Grita ¡Basta!
Y eso empeora mi desesperación. Quiero llorar y no puedo. Empiezo a toser y al fin logró moverme con ayuda de un gran esfuerzo. Lloro inconteniblemente y despacio empiezo a abrir los ojos. ¡Lo despertamos!-escucho. La luz me cala en los ojos como si nunca la hubiera visto. Cegadora.
Todo es tan confuso. Empiezo a distinguir personas caminando. Policías. Paramédicos. No entiendo nada, solo mi llanto insoportable e incontenible. Y empiezo a recordar mientras me ponen en una camilla. En mis recuerdos veo la cara de mi hija. Lupita, como su abuela. Pobrecita de mi niña. Golpeada sin piedad. Llorando inconsolable y desesperada. ¡Rápido, al hospital!-gritan los paramédicos mientras me suben a la ambulancia.
Quisiera morirme. No entiendo nada. Ya dentro de la ambulancia, las sirenas me aturden. Y antes de cerrarse las puertas entiendo solo lo necesario para quererme morir. Alcanzo a escuchar al viejo: Lo vi flotando en el río y me metí a ver si aún estaba vivo-le explica a los policías. Si, al parecer estaba borracho y mató a la niña. Trataba de suicidarse- le contestan.
Y tras ello solo escucho el furioso motor de la ambulancia mezclándose con la terrible música de sus sirenas. No recuerdo nada, ni lo entiendo todo, pero ojalá el viejo no me hubiera visto nunca volando sobre la ciudad.
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Nuestro Presente
No me mires. No me escuches. No me huelas. No me sientas. No prestes atención al cigarro entre mis dedos ni al humo que emana de mi boca. No intentes entenderme. No me pienses. No me sueñes. No esperes de mí una llamada, ni un mensaje, ni un mail, ni un inbox, ni un tweet. No pronuncies un “te quiero” sin estar dispuesta a jugarte el corazón, el pasado y el futuro. No me grites. No me abraces. Acércate a mi lado, quédate conmigo. Mira el horizonte. Escucha el viento. Huele la mezcla de aromas a nuestro alrededor. Prende un cigarro y fúmatelo sola. Entiende el presente, piensa en presente. Sueña con el presente. Llámale a alguien o mándale un mensaje, un mail ¿qué sé yo? Un inbox, tal vez un tweet. Di “te quiero” sin palabras, sin pasado ni futuro. Grita en silencio. Abrázame sin que me dé cuenta. Cánsate de mí, aléjate y vuelve. Vuelve sin fantasmas, sin prejuicios ni temores. Siente mis ojos, mis palabras, mis olores, mis manos y mi piel. El humo saliente de mi boca. Déjame entenderte, pensarte, soñarte. Tal vez te llame o te mande un mensaje, un mail, quizás un inbox o un tweet. Déjame quererte desde el corazón, sin pasados ni futuros. Déjame gritar, abrazarte. Déjame estar a tu lado y quedarme contigo. Miremos juntos el horizonte mientras escuchamos el viento. Disfrutemos de la mezcla de aromas a nuestro alrededor. De nuestros aromas. Dejemos que el fuego nos convierta en humo y desaparezcamos elevándonos al cielo. Vivamos el presente pensando solo en el presente. Soñando con el presente. Con nuestro presente. Sin pasados ni futuros, sólo tu y yo.
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De eso se trata
Se trata de ti. De esas nocturnas inyecciones de insomnio (que duelen tanto la mañana siguiente). De esa piel, tan llena de lunares, que se eriza cuando mi lengua la recorre en alternancia con mis labios. Se trata de la forma en que me miras algunas veces y me besas en otras más. De la forma en que tus manos se extienden alrededor de mi cuello, como enredaderas, y se tejen sobre mi nuca, entre mis cabellos. De ese palpitar cardíaco que acelera exponencialmente tras cada caricia. De cómo mi piel se funde entre tus dedos, sobre tus labios, entre mis piernas, bajo tu falda. Se trata de la forma en que la panza me tiembla al verte y de cómo lo niego. De la forma en que algo de mi te mueve más allá de lo permitido, y de cómo lo escondes. Se trata de cómo nos jugamos el pasado y el futuro en el asiento de un camión. Se trata de la forma en que perdemos la cordura. Se trata de ti y de mí. Se trata de una locura. Se trata de una pasión.
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Mentir es malo cuando se ocultan realidades, pero es maravilloso cuando las inventa.
JPV -
El eclipse
Augusto MonterrosoCuando fray Bartolomé Arrazola se sintió perdido aceptó que ya nada podría salvarlo. La selva poderosa de Guatemala lo había apresado, implacable y definitiva. Ante su ignorancia topográfica se sentó con tranquilidad a esperar la muerte. Quiso morir allí, sin ninguna esperanza, aislado, con el pensamiento fijo en la España distante, particularmente en el convento de los Abrojos, donde Carlos Quinto condescendiera una vez a bajar de su eminencia para decirle que confiaba en el celo religioso de su labor redentora.
Al despertar se encontró rodeado por un grupo de indígenas de rostro impasible que se disponían a sacrificarlo ante un altar, un altar que a Bartolomé le pareció como el lecho en que descansaría, al fin, de sus temores, de su destino, de sí mismo.
Tres años en el país le habían conferido un mediano dominio de las lenguas nativas. Intentó algo. Dijo algunas palabras que fueron comprendidas.
Entonces floreció en él una idea que tuvo por digna de su talento y de su cultura universal y de su arduo conocimiento de Aristóteles. Recordó que para ese día se esperaba un eclipse total de sol. Y dispuso, en lo más íntimo, valerse de aquel conocimiento para engañar a sus opresores y salvar la vida.
-Si me matáis -les dijo- puedo hacer que el sol se oscurezca en su altura.
Los indígenas lo miraron fijamente y Bartolomé sorprendió la incredulidad en sus ojos. Vio que se produjo un pequeño consejo, y esperó confiado, no sin cierto desdén.
Dos horas después el corazón de fray Bartolomé Arrazola chorreaba su sangre vehemente sobre la piedra de los sacrificios (brillante bajo la opaca luz de un sol eclipsado), mientras uno de los indígenas recitaba sin ninguna inflexión de voz, sin prisa, una por una, las infinitas fechas en que se producirían eclipses solares y lunares, que los astrónomos de la comunidad maya habían previsto y anotado en sus códices sin la valiosa ayuda de Aristóteles.
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Karii…

